hacía cosas impensadas en alguien
medianamente atento.
Salía a caminar sin saber a donde iba.
Escuchaba música sin prestarle atención.
Esperaba el colectivo en la parada que no era.
Llegaba a la cita fuera de la hora acordada.
Pretendía abrir la puerta de un auto ajeno
con la llave del suyo.
Tomaba el medicamento para la presión, en
el horario que correspondía el de la gastritis.
De pronto, el despertador lo arrancó de su
sueño profundo, y se sintió aliviado al darse
cuenta que todo aquello no había sucedido.
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